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El mate que hizo historia: Alberto Plaza y el museo que nació de una ausencia

Todo empezó con 40 días sin mate durante el servicio militar. Hoy, esa ausencia inicial se transformó en una colección de más de 10.000 piezas y en un museo único, declarado de interés cultural, que recibe visitantes de todo el mundo en plena Avenida de Mayo.

Esta es una historia que nace de una pequeña falta. Para Alberto Plaza, el origen del Museo del Mate no fue un proyecto ni una ambición cultural, sino algo mucho más simple y profundamente argentino: pasar 40 días sin tomar mate.

Corría el año 1979 cuando Alberto ingresó al servicio militar. Como marca la instrucción, sólo podía llevar consigo el documento. Nada más. Ni ropa extra, ni objetos personales. Mucho menos un mate. Durante más de un mes, la ronda matera quedó suspendida hasta el día de la primera visita familiar. Ese día, su mamá llegó con un mate bajo el brazo. Ese mate fue el primero. El que encendió todo.

“Cuando vino mi mamá en la primera visita, me llevó un mate. Y con ese mate empieza la colección”, cuenta. Ese objeto inaugural todavía lo conserva y hoy ocupa un lugar especial dentro del museo. “Ese fue el inicio”, resume sin vueltas.

Tras finalizar el servicio militar, Alberto trabajó durante cinco años como chofer de ambulancia en el Hospital Penna de Bahía Blanca. En cada viaje, en cada salida, comenzó a comprar mates. Luego llegaron los regalos: amigos, compañeros, familiares, su propio hijo trayendo mates de vacaciones. La colección crecía casi sin darse cuenta.

Foto: Museo del Mate.

Más adelante, ya con una pyme propia —un taller de alineación, balanceo, frenos y tren delantero—, la costumbre continuó. Cada viaje era una excusa para sumar una nueva pieza. La acumulación fue tal que, como él mismo lo dice con humor, “casi me echan de casa con los mates”. Fue entonces cuando apareció la idea inevitable: había que hacer un museo.

Pero el Museo del Mate no es solo una suma de objetos. Es un recorrido por historias, culturas y pasiones. “Todos son importantes. Cada uno tiene su historia”, cuenta.

Entre las piezas más singulares se encuentra un mate hecho a medida en cristal de Murano, que Alberto mandó a fabricar durante un viaje a Italia. “Antes de la pandemia viajé a Italia, fui a la isla de Murano y me hice hacer un mate de cristal de Murano. Me lo hice hacer especialmente”, cuenta, orgulloso de esa fusión entre tradición argentina y artesanía europea.

También hay mates centenarios: algunos datan de 1880 y 1890, conseguidos en ferias, plazas y mercados de todo el país, desde San Telmo hasta Mendoza, San Juan o Mar del Plata. Buscar mates se volvió un objetivo en sí mismo.

Foto: Museo del Mate.

El museo incluso tiene un espacio singular que rompe con la lógica tradicional: un “cementerio de mates”. La idea surgió cuando Alberto decidió dar un destino simbólico a mates repetidos, rotos o que ya no se exhibían. Para eso convocó al escritor platense Guillermo de Franco, autor de Mate en mano. La respuesta fue contundente: “El mate nunca muere”. Cada pieza se va con su historia. Esa frase hoy resume el espíritu del lugar.

Actualmente, el Museo del Mate cuenta con más de 10.000 mates. “Yo digo ‘tenemos’ porque no es mío solo. Esto es de todos los argentinos”, subraya. De ese total, “3.000 están en Buenos Aires, 2.000 en Sierra de la Ventana y 5.000 están guardados, rotando, para que la gente siempre vea algo distinto”.

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El desembarco en Buenos Aires también tuvo algo de azar y de sobremesa. Durante un viaje para comprar máquinas de grabado láser —que hoy permiten personalizar mates en el momento—, una charla de asado se convirtió en decisión concreta. Tres días después, la camioneta viajaba cargada de mates rumbo a la Avenida de Mayo. Hoy, ese museo lleva 16 años abierto, fue declarado de interés cultural y recibe visitantes de todo el mundo.

El espacio no se limita a la exhibición. Funciona también un Matebar, donde un sommelier enseña a cebar, a tomar y a entender el ritual. “La idea es comprarle el mate al mundo”, dice Alberto. Turistas de distintos países llegan, aprenden y se van con su mate, su bombilla y su termo, guiados por Martín Gómez, sommelier y responsable del área.

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¿Dejó de buscar mates? Para nada. “A pesar de tener 10.000, hay muchos que no tengo. Y cuando sé que existe uno que me falta, me desespero”. Entre los pendientes está el famoso Mate Elefante, que posee un coleccionista amigo de Nueve de Julio. La red de coleccionistas es amplia y activa, repartida por todo el país.

Foto: Museo del Mate.

Cuando se le pregunta cuál es el mejor mate para tomar, Alberto sonríe. Defiende la calabaza como tradición, pero admite que hoy el ritual convive con mates de silicona y pavas eléctricas. “Si José Hernández nos viera, nos mata a rebencazos”, bromea.

El Museo del Mate en Buenos Aires abre de lunes a lunes, de 9 a 19 horas. Alberto recomienda ir con tiempo: 28 vitrinas, distintas épocas, historias infinitas y, como cierre, una ronda de mates con vista panorámica a la Avenida de Mayo.

Todo empezó con una ausencia. Hoy es un lugar donde el mate, definitivamente, nunca muere.