Hace 43 años, la familia Jonson no buscaba abrir una empresa. Buscaba una salida.
El padre de Rubén atravesaba un problema de salud que lo obligaba a dejar el trabajo que venía realizando y hacía falta empezar de nuevo. Lo que comenzó como un pequeño emprendimiento dedicado a los radiadores terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en un negocio familiar donde hoy conviven la venta, la reparación y el asesoramiento especializado para todo tipo de sistemas de refrigeración.
Sin embargo, cuando Rubén cuenta la historia de Radiadores Jonson, casi nunca habla primero de radiadores. Habla de su padre.
“Este trabajo nos salvó la vida”, dice. Y la frase no tiene que ver solamente con lo económico. Para él, aquel cambio significó la posibilidad de que su papá encontrara un lugar donde pudiera seguir trabajando, recuperar su salud y, de paso, compartir con su hijo una etapa que terminó marcando para siempre a toda la familia.

Un taller que nació para ayudar
Rubén llegó al oficio de la mano de su padre. Él tenía el conocimiento y fue quien le enseñó cada detalle del trabajo. Después llegaron los viajes a Buenos Aires, las capacitaciones, los cursos y la necesidad permanente de seguir aprendiendo.
En aquellos años los radiadores eran muy distintos a los actuales. Predominaban el cobre y el bronce, y gran parte del trabajo dependía de la habilidad manual de quien los reparaba. Cada problema exigía una solución distinta y aprender significaba observar, practicar y equivocarse.
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Con el tiempo aparecieron nuevos materiales, nuevas tecnologías y nuevas formas de trabajar. Rubén fue incorporando esos cambios sin perder algo que considera fundamental: conocer en profundidad el oficio. “No alcanza con saber lo que estás haciendo. Tenés que saber lo que hacés”, recuerda como una de las enseñanzas que recibió durante su formación.
La mejor herencia
Hay una parte de la entrevista donde Rubén deja de hablar del taller y empieza a hablar de la vida.
Trabajar con su padre, dice, fue el mayor regalo que pudo haber recibido. Descubrió facetas de él que nunca habría conocido si cada uno hubiera seguido un camino distinto y entendió que compartir tantas horas por día también fortalece los vínculos. Hoy esa historia volvió a repetirse.

Su hijo trabaja junto a él desde hace quince años y ya domina buena parte del oficio. Su esposa forma parte de la administración, su hija —que es contadora— acompaña el manejo de los números y hasta su nieto pasa buena parte del día jugando dentro del taller.
Para Rubén, trabajar en familia significa mucho más que compartir un negocio. Significa crecer juntos, acompañarse en los momentos difíciles y estar presentes cuando alguno necesita una palabra o un consejo.
“Somos muy amigos antes que padre e hijo”, dice al hablar de su relación con su hijo. Y enseguida reconoce que él mismo tuvo la suerte de vivir exactamente lo mismo con su papá.
Enseñar antes que vender
Si hay una palabra que aparece varias veces durante la conversación es docencia. Rubén disfruta explicar.
Cuando un cliente entra al local y reconoce que no entiende nada sobre radiadores, lejos de apurar la venta, empieza una conversación. Le muestra las distintas alternativas, le explica por qué se rompió una pieza, cuáles son las diferencias entre un producto y otro y qué opción considera más conveniente.

“No te preocupes, ¿tenés ganas de escuchar?”, suele preguntar antes de empezar.
Esa manera de trabajar la aprendió durante sus años de formación y decidió convertirla en una regla para toda la familia. Está convencido de que una persona puede elegir otro presupuesto o comprar en otro lugar, pero nunca debería irse con dudas.
“La gente se va agradecida porque entiende qué pasó y por qué pasó”, cuenta con orgullo.
El humor también se trabaja
Hay algo que sorprende cuando uno conversa con Rubén. El humor aparece en casi todas las respuestas. No es casualidad.
Dice que fue otra enseñanza heredada de su padre. Recuerda que, cuando era chico, en su casa no estaba permitido sentarse a la mesa con mala cara. Su papá repetía que ese era el único momento del día donde toda la familia se reunía y que valía la pena disfrutarlo. Con los años hizo propia esa filosofía.
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Está convencido de que una sonrisa cambia cualquier conversación, que un cliente se relaja cuando encuentra alguien dispuesto a recibirlo de buena manera y que los problemas no se resuelven poniendo cara seria.
“Hay que ejercitar el músculo de la risa”, dice entre sonrisas. Esa forma de vivir también la lleva fuera del trabajo. Habla de los asados con amigos, del tenis, de las reuniones y de la importancia de no perder tiempo discutiendo por cosas que no valen la pena.
“La vida pasa por otro lado”, resume.

Eso se mama
Sobre el final de la charla, Rubén vuelve una vez más a su padre.
Cuenta que nunca le dijo cómo debía tratar a la gente. Nunca le dio una clase sobre buenos modales ni le explicó cuál era la forma correcta de recibir a un cliente.
Simplemente lo vio hacerlo durante toda su vida.
Hoy descubre que a su hijo le ocurre exactamente lo mismo. Muchas veces lo escucha atender a una persona y reconoce en él frases, gestos y formas de relacionarse que nunca le enseñó de manera consciente. “Eso se mama”, dice.
Y alcanza para explicar una historia que empezó con su padre, continúa con él y hoy también vive en sus hijos.
Por Juani Alaise.










