Una de las marcas que forman parte de la identidad de una ciudad. En Junín, hablar de soda es, para muchos, hablar de Monti.
La relación se construyó con el paso del tiempo. Generaciones enteras crecieron viendo los sifones en la mesa familiar, los camiones recorriendo los barrios y los repartidores llegando a cada casa. Detrás de esa imagen cotidiana hay una historia que comenzó hace más de nueve décadas y que atravesó distintas generaciones de una misma familia.
La empresa nació en 1935, cuando Gerónimo Monti llegó desde Lincoln para instalarse en Junín y continuar un camino que había comenzado mucho tiempo antes, tras la llegada de la familia desde Italia. Primero existió una fábrica de licores en Luján. Después llegó la distribución de cerveza y, con el paso de los años, el negocio fue creciendo y expandiéndose hacia distintas localidades de la región.
Con el tiempo, los hijos de Gerónimo —Jorge, Oscar, Alfredo y Mario— tomaron la posta y consolidaron el crecimiento de la empresa. Hoy, la tercera generación, integrada por Adrián, Federico, Carlos y Agustín, continúa escribiendo la historia de una marca que ya forma parte del patrimonio comercial de la ciudad.

Una fábrica como patio de juegos
Hay una imagen que Federico y Carlos recuerdan con claridad. Vivían justo enfrente de la fábrica. Para ellos, el negocio era una extensión de su casa. Cuando el depósito estaba cerrado, entraban a jugar. Cuando estaba funcionando, caminaban entre los empleados, los camiones y el movimiento constante de una empresa que nunca parecía detenerse. “Era el otro patio de nuestra casa”, recuerdan.
La fábrica de Alberti y Winter se convirtió en el escenario de su infancia. Los colectivos de la terminal pasaban por esa misma cuadra, los empleados entraban y salían permanentemente y el movimiento de la distribución formaba parte de la rutina diaria. Sin darse cuenta, crecieron dentro del negocio. Y eso terminó marcando su manera de entender el trabajo.
Cuando los repartos se hacían con caballos
Las historias familiares también les permitieron conocer una época completamente distinta. Los primeros repartos se hacían con carros tirados por caballos. Al mediodía, los animales eran reemplazados para que pudieran descansar y continuar el recorrido durante la tarde.
Todavía recuerdan las caballerizas que funcionaban dentro de la fábrica y las argollas donde los caballos permanecían atados mientras esperaban el próximo reparto. La escena parece lejana, pero forma parte de la memoria familiar.

También recuerdan otra actividad que fue fundamental durante muchos años: la fabricación de barras de hielo. Antes de la llegada masiva de las heladeras, la empresa producía hielo durante toda la noche para abastecer a las familias, que lo utilizaban para conservar los alimentos y mantener frías las bebidas.
Carlos recuerda acompañar a su padre durante esas largas jornadas nocturnas. “Me quedaba toda la noche ayudándolo. Para mí era una diversión, pero lo viví desde adentro”, cuenta.
El trabajo también se hereda
La empresa cambió. La tecnología avanzó. Los productos se multiplicaron. Pero hay algo que nunca se modificó: La manera de trabajar.
Federico y Carlos coinciden en que gran parte de lo que saben lo aprendieron observando a sus padres, a sus tíos y a sus abuelos. El trabajo diario, la responsabilidad y el compromiso fueron valores que se transmitieron naturalmente dentro de la familia.
“Nos criamos viendo cómo trabajaban ellos”, explican. Y esa experiencia terminó construyendo una forma particular de entender el negocio.
Hoy, además de la soda, Monti y Cía. distribuye cervezas, gaseosas, vinos, aguas minerales y otros productos en una amplia zona que abarca Junín y distintas localidades de la región.
Sin embargo, el crecimiento nunca modificó la esencia.

Trabajar en familia
Existe una idea bastante extendida que sostiene que trabajar en familia suele ser complicado. Ellos reconocen que no siempre es sencillo.
Las diferencias existen, las discusiones aparecen y las responsabilidades son muchas. Pero también creen que el paso del tiempo les permitió encontrar un equilibrio.
“Hay que buscarle la vuelta para que funcione”, explica Carlos. La convivencia diaria y los años compartidos dentro del negocio les permitieron desarrollar una manera de trabajar basada en el diálogo y en objetivos comunes.
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Además, existe un detalle que consideran fundamental. Todos crecieron en el mismo lugar. Todos compartieron la misma historia. Todos vieron trabajar a las generaciones anteriores. Y eso, creen, facilita muchas cosas.
La empresa mantiene una doble actividad
Por un lado, la distribución de bebidas. Por otro, la producción de agua y soda, dos productos profundamente asociados a la identidad de la marca.
“La palabra soda está asociada a Monti”, aseguran. Y no parece una exageración.
Durante décadas, la empresa acompañó la mesa de miles de familias juninenses.
Esa presencia cotidiana también implica una responsabilidad. “El público siempre te exige. Por eso estamos buscando permanentemente mejorar el producto y optimizar la atención”, explica Federico.
Una historia que sigue escribiéndose
Cuando les preguntan cómo definen a la empresa, aparecen palabras que se repiten constantemente: trabajo, responsabilidad, compromiso y cumplimiento.
Hablan con orgullo de las obligaciones asumidas, del vínculo construido con la comunidad y del esfuerzo realizado durante tantos años. Pero, sobre todo, hablan del futuro. Después de tres generaciones, la historia continúa.
Y cuando llega el momento de imaginar lo que viene, la respuesta aparece de manera espontánea.
“Vamos a seguir por mucho tiempo.”










